Los extraños ojos grisáceos de la mujer se posaron en el pequeño cuerpo del niño que yacía inconsciente sobre el hielo. Quizás estuviese muerto, ella no estaba segura, pero tenía claro que su deber, era tratar de ayudarlo.
Se puso en cuclillas, y sus ojos examinaron el delgado cuerpo maltratado por las heladas corrientes de aquel inhóspito sitio.
Un movimiento apenas perceptible llamo la atención de la mujer, que de inmediato reparo en la leve respiración del muchacho.
Estas vivo
Una sonrisa cruzo por su rostro, al tiempo en que tomaba al pequeño entre sus brazos, y lo cubría con su capa de piel de venado. El cuerpo del niño dio un respingo.
-Eres extraño -Dijo para sí misma la mujer, mientras una helada corriente de aire golpeaba su rostro y alborotaba sus oscuros cabellos.
Dedico una última mirada a su entorno, un sitio abatido por la nieve y la muerte, todo lo que había era silencio y frio. No habiendo más cosas que recoger, o alguien más a quien ayudar, aferro el cuerpo del niño contra su pecho, y comenzó a caminar entre la espesa neblina, y la nieve.
***
Kiba despertó con la cabeza palpitándole dolorosamente, y el pecho oprimido, tenía frió y muchísima hambre. Con dificultad, logro incorporar su torso, descubriendo entonces que se hallaba recostado sobre un montón de hierbas y una cálida cobija de piel, a la cual se aferro con ambas manos, como si temiese que desapareciera en cualquier momento, mientras su cuerpo se estremecía por el frió.
Aclarándose un poco su vista, Kiba inspecciono su entorno. Estaba en un sitio hecho con madera, una cabaña presumiblemente, a su alrededor había cuatro paredes, y una puerta de color oscuro, con un desgastado picaporte plateado.
Un delicioso olor inundo sus sentidos, y su estomago comenzó a dolerle. Estaba hambriento, hacia días que no probaba bocado alguno, y a penas recordaba haber probado nada cuando había huido de la colonia destrozada por el ejercito de Imperio.
Sacudió su cabeza intentando alejar aquellos dolorosos y aterradores recuerdos, ahora tenía otros problemas en frente, uno de los cuales, era el de conseguir algo de comer, saber donde se encontraba, como había llegado hasta allí y si debía preocuparse por huir; Pues, hasta donde su memoria le permitía, el recordaba haberse desvanecido entre la nieve a causa del hambre, resignándose a una muerte lenta y solitaria.
Unos agiles pasos se escucharon detrás de las paredes. Kiba se puso tenso, y busco desesperadamente un arma.
No había nada, solo la cama de hierbas, la cobija, y una mullidla almohada de color crema. Un súbito sentimiento de desesperación le oprimió el pecho, estaba atrapado, e indefenso.
De nuevo escucho los pasos, rápidos y agiles, parecidos a los de los soldados que asesinaron a todos en la colonia. Un sudor frio bajo por su espalda, y sin apenas pensarlo se puso de pie, para descubrir con asombro y temor, que ya no llevaba puestos sus pantalones de mezclilla y su camiseta de manga larga, si no una especie de bata de baño, calientita y suave.
-¿Estas despierto? -Preguntó una mujer desde al otro lado de la puerta.
Se quedo helado, no sabía que decir o hacer, aquella persona podía ser cualquier cosa, incluso uno de los soldados asesinos de imperio.
Un nudo se formo en su garganta impidiéndole hablar.
-Calma chico -Susurro la extraña, -Soy amiga, te salve el pellejo allá afuera, ¿Dime, tienes hambre?
Kiba retrocedió hacia la cama, cuando de pronto su estomago gruño.
-Ya escucho que sí, mira ¿Por qué no sales y cenamos juntos?
Kiba dudo nuevamente, no podía confiarse de nadie.
-Mira chico, voy a entrar... ¿De acuerdo?
-No -Dijo Kiba algo inseguro. -No estoy... de acuerdo
-Escucha muchacho, tienes hambre y si no comes morirás, ¿Quieres eso?
Kiba dudó, él no quería la muerte, de eso estaba seguro; aún tenía que hallar a su madre y hacer pagar a Imperio por sus atrocidades. Pero por otro lado, estaba aquella misteriosa mujer de la cual no sabía nada.
-¿Cómo te llamas muchacho? -Aclamó ella interrumpiendo sus pensamientos.
-Kiba -Dijo en voz baja, -¿Y tú?
La mujer no contesto y eso lo hizo desconfiar más.
De inmediato trato de buscar un medio de escape, sin éxito alguno.
En ese momento la perilla de la puerta giro, y ahogando un grito, Kiba observo como la puerta se abría hacía adentro dejando al descubierto la silueta de una hermosa joven de cabellos oscuros, que sostenía un plato humeante.
Lentamente, la mujer accedió en la habitación y cerró la puerta con el talón.
Kiba le miraba asombrado, encantado por aquellos extraños ojos color acero y por aquella piel que parecía de porcelana y que tanto contraste hacía con los cabellos oscuros de la mujer, que seguramente no rebasaría los veintinueve años.
Luego su atención se fijo única y exclusivamente, en el objeto más preciado que pudiera haber existido, el plato humeante, que ella mantenía entre las manos.
El estomago de Kiba volvió a gruñir.
-Ten -Dijo mientras le ofrecía el plato.
El hambre pudo más que el miedo, y rápidamente Kiba tomo el plato de las manos de la joven, notando por fin el contenido de este; Un sabroso asado con papas, que devoro gustoso, con la ayuda de una cuchara de madera que venía en el plato.
Una vez acabo de comer, regreso el plato a la mujer, y con una inclinación de cabeza, le dio las gracias. Ella solo le dedico una sonrisa, y salió de la habitación, dejándolo de nuevo solo.
***
Después de adquirir el valor suficiente, Kiba salió de la habitación para dar las gracias a la mujer, y así poder salir de allí y proseguir su camino. Tenía que encontrar la región número uno y hallar a su madre, si es que aún seguía con vida.
La casa era de un solo piso, en frente de la habitación donde había estado Kiba se encontraban dos puertas más; hacía la derecha y la izquierda corría un pequeño pasillo, que por el lado izquierdo terminaba en una repisa de madera con muchas cosas sobre ella, y por el lado derecho estaba la sala de la casa.
Kiba se dirigió hacia la derecha, como él lo había pensado, allí estaba la sala de la casa, con una pequeña mesa de madera con tres sillas, un sillón viejo y desgastado, una chimenea ardiente que iluminaba toda la estancia y unas pequeñas lámparas eléctricas que estaban apagadas.
Justo al lado de la chimenea se hallaba otra habitación sin puerta, de donde provenía una tenue luz. Kiba supuso que la mujer debía encontrarse allí.
Indeciso Kiba se dirigió hacia aquella habitación; él quería salir de aquel sitio ya, y poder seguir con su camino, solo unos cuantos pasos le separaban de la puerta de salida, pero la obligación de tener que agradecer la comida le impedía salir por aquella puerta de color oscuro. Por fin se encontró en la entrada del cuarto.
-Hey, yo ... ya tengo que irme -Su voz reflejo a la perfección su estado de ánimo, siendo a penas más que un susurro, y poco menos entendible que un balbuceo.
-¿Perdona, dijiste algo chico? -La mujer se dirigió hacia él con las cejas levemente arqueadas, llevaba en las manos un gran plato de color café, y seguramente en su interior llevaba más asado.
A Kiba se le hizo agua la boca y su estomago volvió a gruñir delatándolo.
-Vaya -Dijo ella de forma amable y con una pequeña sonrisa en el rostro -¿Así que tienes hambre todavía?, bueno, vamos a sentarnos. Dime Kiba, ¿Te apetece algo caliente para beber?
-No -Se apresuro a decir el chico, aunque su estomago le indicaba que lo mejor era aceptar la oferta. -Yo debo irme a la región uno.
La mujer frunció más el entrecejo, pero sin decir nada se dirigió hacia la mesa de la otra habitación y deposito el plato humeante. Kiba se le quedo viendo, hasta que ella volvió hacia la cocina.
-¿La región uno?
Kiba asintió, aunque ella le daba la espalda.
-Busco a mi madre, veras, yo soy de la región número veinte...
-La conozco -Le interrumpió, -Es la colonia que fue -La mujer calló por unos segundos como sopesando sus palabras. -Que fue atacada por Imperio, ¿no es cierto?
-Así es
-Pero chico -Los ojos plateados de la mujer se posaron unos segundos sobre los de Kiba, pero después fueron desviados hacia la mesa. -Todos fueron eliminados, ¿Qué te hace creer que tu madre pueda seguir...?
No termino la frase, pero Kiba sabía muy bien lo que iba a decir.
-Realmente no lo se
La joven volvió a mirarlo directamente a los ojos.
Con gran esfuerzo, Kiba logro no derramar lagrimas. Era increíble, como un pequeño niño como él podía mostrarse valiente ante una situación como aquella, encontrándose solo, y sin la certeza de que su madre aún siguiera con vida.
-Eres muy valiente muchacho -Dijo ella, -Pero el valor no es lo único que se necesita, dime, ¿Por qué crees que, aun encontrando a tu madre, vas a poder hacer algo por ella?
Kiba se quedo boquiabierto, no sabía que responder, y la verdad era que tampoco había planeado que iba a hacer una vez hallara a su madre.
-Sobreviviste muchacho -Dijo ella de forma seria al tiempo en que se dirigía de nuevo hacía la sala. -Pero eso no es suficiente, te hace falta saber pelear.
En cuanto la mujer termino su frase, Kiba corrió tras de ella, para decirle que el ya sabía pelear, y cuidarse por sí mismo, después de todo, llevaba varios días en el desierto de hielo.
La mujer solo le sonrió, y le ofreció otro tazón de asado.
-Sabrás todo lo que quieras chico, pero aún no sabes todo lo que Imperio es capaz de hacer, y la fuerza que tiene.
Kiba gruño.
-Claro que lo sé, y además ¡¿Quién te crees tú para saberlo?!
-Te lo diré si tanto deseas saberlo -Le respondió la mujer mientras comía su asado. Dio unos sorbos, y luego continuo con una calma que a Kiba comenzaba a desesperarlo -Me llamaban cero, y fui parte de las líneas militares de imperio
-¡¿Qué?!
-Déjame continuar chicho, veras, en un principio Imperio comenzó como una importante compañía de armamento, yo me dedicaba a cuidar de sus instalaciones y secretos, hasta que un día comenzaron a introducir, o mejor dicho, nos dimos cuenta de sus verdaderos propósitos, el clásico control del mundo, a través de una raza creada por ellos, a su gusto y complacencia.
-No comprendo
Ella sonrió.
-Tranquilo muchacho, veras, Imperio trato de crear soldados perfectos, a los que nombro Homo Bestias, pero salieron... con algunos, digamos fallos. Atacaron a sus propios creadores, y aunque intentaron eliminarlos, algunos escaparon. Esto le brindo a Imperio la oportunidad para prestar sus servicios al gobierno, brindándoles protección, gran error, pues fue allí donde Imperio empezó a hacerse con el control de todo lo conocido.
-¿Y eso que tiene que ver? -Exclamo Kiba exasperado.
-Bueno, te diré que Imperio, ahora con todo su poder, trata de llevar a cabo sus experimentos fallidos, y crear una nueva raza de homo bestias, que gobernaran el mundo, para eso, destruye a los inadecuados, y busca gente apta para introducirles el virus, gen, o lo que sea que los haga Homo bestias.
-¿Dices que mi madre va a ser utilizada como conejillo de Indias?
La mujer asintió, para el horror de Kiba
-Con mayor razón debo ir a buscarla
-No sin preparación muchacho, mañana a primera hora iremos a la región treinta, allí hay un pequeño poblado que vive en las montañas, ellos te darán un entrenamiento apropiado e información...
-¿Información?
-Gracias a ellos, he dado fuertes golpes a las tropas de Imperio, ahora, come y luego vete a dormir, te prometo que si tu madre sigue con vida no le harán nada, al menos no dentro de al menos un año.
-Explícate.
La mujer suspiro, parecía cansada y claramente fastidiada, pero aún así respondió a la exigencia del niño.
-Si se la llevaron es porque es apta, y el proceso para hacer un HB, como les llamamos, tarda de uno a dos años, aproximadamente, mientras tanto les mantienen en buen estado, alimentados, y vivos, me encargare de averiguar si tu madre está allí, dime, ¿Cuál es su nombre?
Kiba no lo pensó demasiado, aquello era lo que más necesitaba en esos difíciles momentos: ayuda, verdadera y útil ayuda.
-Se llama Evangeline Illian, es de piel morena, ojos oscuros, cabello negro y rizado, delgada...
-¡Hey!, con eso es suficiente muchacho -Le interrumpió ella entre risas, y el niño le dedico una mirada de reproche.
-¿Cómo la encontraras si no sabes cómo es?
La sonrisa en el rostro de ella no desapareció, pero las risas se hicieron nulas.
-Con lo que me has dado es más que suficiente, pero me gustaría y ayudaría bastante el saber cosas como, su edad, si tiene alguna marca especial, cicatrices, algo por el estilo
-Tiene un tatuaje de lobo en la espalda, un lobo aullando a una luna...
-Bien, entonces yo te prometo buscarla mientras tu aprendes lo necesario para ir de aquí para allá en este mundo de hielo.
-Bien -Dijo Kiba no muy convencido. -Pero antes... ¿Cómo debo dirigirme hacia ti?
-Solo dime Laín
-Es un nombre extraño
-Tú te llamas Kiba, y ese también es extraño...
Kiba estallo en risas, dejando a Laín confundida.
-Sí que has vivido mucho en la nieve, Kiba es un nombre muy común, hay un actor de televisión que se llama así, o se llamaba, no sé si aún vive, pero el nombre de Laín, solo lo he escuchado en cuentos sobre un mundo lleno de magia y felicidad, y toda esa basura...
Laín bufo.
-Bien niño, hora de dormir, anda vete ya
Kiba asintió, y rápidamente termino su cena, para luego irse a la habitación que ya había sido designada para su persona. Estaba ansioso, pronto, esperaba, hallaría respuestas, sabría algo sobre su madre, y seria preparado para pelear contra Imperio.
Años atrás había escuchado sobre una resistencia, quizás y él entrara en ella y trajera paz al mundo. Sí, eso era lo que él deseaba, pelear por la justicia y la vida digna.
Y así, con esos pensamientos entusiastas, Kiba se perdió en un dulce y pesado sueño, sin imaginarse lo que estaba por comenzar.